Se que no es una historia digna de un best seller, pero mi intención no es esa. Mi intención es que todo visitante de este blog eche unas risas, y de paso ir mejorando en esto de la escritura que aún soy novato.

martes, 19 de abril de 2011

Capítulo 1

Podría contarles a mis hijos la historia de como conocí a su madre, pero entonces este sería el relato más corto de la historia. En efecto, no tengo hijos, ni ganas de tenerlos. Claro, que tampoco tengo esposa... Aunque de eso si que tengo ganas, no crean.

Bueno, el caso es que esta no es la historia de como conocí a nadie, esta es la historia de mi vida, una vida larga, plena y satisfactoria (no, en serio) contada directamente por mi. Me han llamado de todo a lo largo de mi vida: loco, pirado, chalado, majareta, zumbado, ido de la olla, enfermo, yonki, caballero (una vez me lo llamaron, pero rápidamente añadieron “debo pedirle que se marche”)... Y así un sinfín de sinónimos, incluso por mi nombre de pila, qué osadía… Pero como a mi realmente me gusta que me llamen es Ryko. Esta es la historia de mi vida, de mis locuras y aventuras, de mis hazañas y mis fracasos, de mis desamores y mis amores, de mis… ¡Ah! También me han llamado feo, ¿os lo podéis creer?

Mi vida comenzó, como en la mayoría de los casos, el día de mi nacimiento. No pude empezar de mejor forma que naciendo el mismo día de mi cumpleaños, ¿existe mayor fortuna?

He de decir que, al menos en aquel momento, no era precisamente el ser más bonito del universo. En realidad, era más o menos como todos: pequeño, redondo, rosa, peludo (otros son calvos, yo parecía un maldito mandril), mellado, más feo que la hostia y llorando como si mi respiración dependiera de ello. Como no cerraba la bocaza, me metieron en la incubadora alegando que estaba todavía un poco prematuro, y me tuvieron allí hasta que me dormí de puro aburrimiento. En serio, ¿Cómo puede haber gente que se dé rayos uva por placer? ¡Que coñazo! Y ni una revista ni nada, desconsiderados…

Tras el intento del médico de convencer a mi madre para que firmase un papel (luego me enteré de que pretendían llevarme a una reserva natural para asegurarse de que era un niño humano peludo, y no una cría de orangután con alopecia), al fin me dejaron conocer a la persona cuyo vientre había “okupado” durante 8 meses y medio: Mi madre. Era preciosa, sus cabellos rubios como el oro caían como una cascada de miel sobre su hermoso rostro, sus ojos denotaban la mayor ternura conocida por nadie hasta la fecha, su sonrisa iluminaba aquella habitación del maternal con ese tenue resplandor morado (la luz ultravioleta de la incubadora aun estaba encendida y se reflejaba), sus pechos, turgentes y bien grandes, fuente de nutrientes para mi crecimiento, ocultos tras su bata blanca y esa placa con su nombre: “Doctora Gómez”…

Y de pronto va y me suelta en brazos de una paciente que estaba llorando, ¡así! ¡Sin más! ¿Te lo puedes creer? Naturalmente me puse a llorar como un descosido, porque yo no quería estar con esa tía a la que ni conocía. Aunque después de ver la sangre fría con la que mi madre me abandonó, pensé que mejor criarse con una persona que al menos se emocionaba de que hubiese venido al mundo en vez de con una frígida e insensible mujer, capaz de torturarme durante horas en una incubadora como si fuese un huevo de cóndor de los andes y después abandonarme. Mujeres…

Total, que me puse a chuparle la teta como un cabrón, que después de 8 meses y medio comiendo por el ombligo, tenía ganas de echarme algo a la boca. Fue la primera vez que notaba el sabor de algo, y oye, no estaba nada mal. Dudé al principio cual de las dos escoger pero al final descubrí que ambas sabían igual. Pero vamos, que ya son ganas de poner a los bebés en duda.

Lo que no sabía aun es lo que me esperaba al salir del hospital. Madre del amor hermoso, eso si que es pasarlo mal, y sin poder defenderse ni nada, ¡que agobio! Señoras a las que ni mi “madre” había visto en su vida besuqueándome y embabándome toda la cara diciendo cosas como “¡¡¡QUE RICOOOOO!!!”… ¡Jodidas caníbales! A saber qué clase de objetos han pasado por esas bocas (que más bien parecían aspiradoras), y lo peor... Quién sabe qué clase de hábitos seguirían esas arpías para su higiene bucal...

Una vez en casa, el perro sintió la misma curiosidad que el médico por saber qué era yo, así que vino y se tiro un buen rato olisqueándome para averiguarlo. Ese chucho me caía bien. Sentir su húmedo y frió hocico en mi cara me sacó la primera carcajada de mi vida, y no tuvo que intentar hacerme cosquillas, ni tocarme la nariz y fingir que me la quitaba, ni enseñarme las llaves… Jamás entendí lo de las llaves, por cierto. Supongo que a otros niños les parecería divertido, a mi solo me atraían las del coche, pero nunca me las dejaban.

La gente se moría por conocerme. Mi fama atraía multitudes a mi morada, que contemplaban, decepcionados, que lo que habían venido a ver era… En fin, era yo. A ver, entiendo la decepción de la gente, los bebés son horribles, feísimos… Y el caso es que cuando pasan unos meses se vuelven más bonitos. ¿No podrían aguantar esos meses más de gestación y nacer ya guapos? Lo agradecerían los álbumes familiares.

Cuando me veían, las frases que se oían me entristecían mucho. Claro, eres un cachorro, lo normal es que esperes que hagan contigo como lo que hacen con los demás cachorros de los demás animales, que te acaricien y te digan cosas bonitas. Pero a mi no, yo solo oía desde mi cuna cosas como: “tiene los ojos de su padre”, “que cosa mas graciosa”, “que mono”, “mira que manitas tan pequeñas”… Los adultos pueden ser muy crueles...

Poco a poco fui aprendiendo las maravillas del lenguaje español. Naturalmente, mi primera palabra fue la misma que en la mayoría de los casos (o eso supongo), y recuerdo que se la dije a mi padre después de que me pegase un par de azotes por hacer la típica trastada de niño pequeño con pocos meses: quitar el freno de mano al coche. Tampoco fue para tanto, ya que la farola que había a pocos metros lo frenó sin causar heridos. Después de la bofetada inicial y los azotes de premio, todo el barrio pudo escuchar un sonoro “¡¡Hijo de puta!!” de la boca de una inocente criatura que se frotaba el culote enrojecido para calmar el escozor producido por la implacable ira del dueño de un Mercedes-Benz gris, ahora sin parachoques trasero, que casualmente era su padre. Poco después aprendí a decir “mamá”, "papá", "garbanzo", y continué diciendo tacos nuevos después de cada trastada, hasta que aprendí toda la riqueza léxica de nuestro idioma en cuanto a palabrotas.

Y así, poco a poco, me fui convirtiendo en lo que mi madre llamaba un “hombrecito”, que significaba “un crío pequeñajo que ha conseguido hacer algo de lo más simple él solito por primera vez”, y como es normal, me llenaba de orgullo que me llamase hombrecito. No había nada mejor que, después de plantar un ñordo del tamaño de un litro de vino, limpiarte tu solito, tirar de la cadena, ir corriendo hacia tu madre, decirle, señalando con las manos, “¡¡he plantado un pino ASI DE GRANDE!!” y que te dijese “¡menudo hombrecito estás hecho ya!” mientras sonreía. Que orgullo…

Mi infancia fue, como todas las demás, corta…